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Alberto Cedrón (Buenos Aires, 1938) formó parte de aquella constelación de grandes dibujantes –integrada también por Carlos Alonso, “Fredy” Martínez Howard, y Cachete González entre otros- aparecida en la rica y fecunda década del 60. Pero circunscribir la tarea de Cedrón nada más que al dibujo sería limitar la prolífica obra que –con la versatilidad que siempre caracterizó a su arte- se extendió también al muralismo , la pintura, el grabado, la escultura y la cerámica, con la sobreabundancia imaginativa que manifestaron sus figuraciones, a lo largo de su trayectoria.
Inquieto y aventurero, ya desde su juventud emprendió innumerables viajes para saciar su desasosegada curiosidad. Todavía puedo recordar su viaje al Matogrosso, hacia fines de la década del 60, donde convivió con los indios de la región. Pero hablar de sus innumerables viajes excedería los límites de esta presentación; sintetizando, diré que residió en diversos países de América y Europa haciendo esporádicas apariciones por Buenos Aires hasta que las circunstancias políticas de mediados de la década del 70, lo empujaron a su más largo viaje por Europa hasta recalar en Lisboa, ciudad en la que residió muchos años.
Es obvio que por estas características, en los últimos 30 o 35, años de Alberto Cedrón apenas si vimos unas pocas exposiciones individuales o su participación en algunas colectivas, razón por la cual su nombre no ocupa el espacio que merecería en nuestro medio, que desconoce su vasta producción, diseminada a lo largo de los países donde residió. Hoy, después de su intenso periplo vital, el artista pareciera haber anclado en Buenos Aires definitivamente y presenta ésta, su primera exposición individual, después de su prolongada ausencia. La imaginativa complicidad entre imágenes y palabras recorre estas pinturas cuyo punto de partida ha sido el recuerdo de la viva impresión que le causaron al artista –durante una breve residencia en el Paraguay hace muchos años- los asombrosos carteles anunciando los más dispares productos, sin duda una auténtica manifestación del pop-art de nuestra región. La visión de aquellos carteles encontró hondas resonancias en el artista, al extremo que desde entonces su estética se implicó con aquellas imágenes, manifestando un extraño maridaje entre sabiduría y primitivismo. Dicho en otros términos, Cedrón ha sabido encontrar al niño que todos llevamos dentro para arribar a la gracia y la frescura de estas obras en las que grafías y personajes no pueden más que arrancarnos la risa a veces plena, a veces sombría. En cualquiera de los casos, se trata de imponderables encuentros que terminan configurando al fin, con un fraterno gesto, este magnífico imaginario que nos invita al humor y a la celebración.
Raúl Santana Buenos Aires, agosto de 2005
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Juan Carlos Portantiero L.P. y J.M.R.
El 9 de marzo murió Juan Carlos Portantiero. Nacido en Buenos Aires, en 1934, se había convertido en una referencia central de la sociología argentina con la publicación en 1971, en colaboración con Miguel Murmis, de Estudios sobre los orígenes del peronismo. El libro reunía dos ensayos, realizados en el Instituto Di Tella, en los que se intentaba situar en su contexto histórico, con datos sociológicos, un fenómeno que en la interpretación de Gino Germani corría el riesgo de ser visto como una anomalía histórica.
La vida de Portantiero no se entiende sin su activo interés por la política como clave del futuro de una sociedad y a menudo origen de sus problemas. Fue uno de los fundadores, junto con José (Pancho) Aricó, de la revista Pasado y Presente, que en su primera fase (1963-65) representaba una lectura gramsciana de la realidad argentina, tras la temprana introducción en el país de la obra de Gramsci por Héctor Pablo Agosti, pero también una ruptura respecto a la ortodoxia de Cuadernos de Cultura, en la que Portantiero y Aricó habían comenzado a escribir. La revista reapareció en 1973, en la breve primavera democrática que acompañó el regreso de Perón, pero en 1976 Portantiero debió exiliarse ante el golpe militar, una vez más acompañado por Aricó, su gran amigo. En México dirigió la revista Controversia, y fue profesor en la FLACSO, en unos años en los que la ola de autoritarismo y la hospitalidad del gobierno mexicano hicieron coincidir allí a buena parte del pensamiento de izquierda y democrático de América Latina. Con la llegada de la democracia y el retorno, Portantiero se convirtió en profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, de cuya Facultad de Ciencias Sociales sería decano de 1989 a 1997, y junto con Aricó impulsó la revista La Ciudad Futura y el Club de Cultura Socialista. De nuevo apasionadamente implicado en la política argentina, compartió las esperanzas de refundación democrática que trajo Raúl Alfonsín, y mantuvo sus posiciones críticas tras la vuelta del peronismo, primero con Menem y ahora con Kirchner, en cuyo gobierno veía una preocupante deriva hacia la democracia plebiscitaria. En el último tiempo recibió un infrecuente reconocimiento como profesor emérito de la UBA, y fue nombrado doctor honoris causa de FLACSO. Pero para hacerse una idea más completa del Negro Portantiero sería necesario recordar su porte, su vitalidad y su sentido del humor, deslumbrante y a veces malévolo: coleccionista de chistes de gallegos y capaz de elegir 34 puñaladas, de todo el amplio acervo del tango argentino, para obsequiar a sus invitadas feministas. Era muy inteligente y buen amigo de sus amigos, una buena persona y un gran tipo. |
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